lunes, 16 de diciembre de 2013

Síntesis de la vida en seis sílabas

El día que se fue, que le echamos, o que decidimos dejarle ir, yo estaba tumbada en la cama. Me vestí sin saber cómo o para quién. Como si fuese una ocasión de esas en las que hay que ir más arreglado de la cuenta. Con tacones, de largo y sombrero. Una boda, un bautizo, o una de esas veces en las que la ropa tiene que decir: soy feliz y hay que celebrar esto. Careta para auto-convencerse de que todo va bien porque sí, porque tiene que ir bien y aunque vaya, se debe mostrar que va perfecto. Mentir por compromiso, una de las reglas no escritas. Algo así. El caso es que después de ponerme toda la ropa que había a mi alcance, cogí lo primero que vi y me fui al espejo. Vestir bien para decir adiós a alguien es como maquillarse para nadar en el mar: una pérdida de tiempo. Sonó la puerta y sonaron sus pasos. Lo bueno de ser hija única es que desde pequeña solo he tenido que grabar el sonido de dos pisadas contra el parqué, de cuatro pisadas, de dos personas, quiero decir. Me le crucé al final del pasillo, me preguntó qué tal (según un manual no escrito es lo que hay que preguntar cuando ves que alguien tiene ganas de salir corriendo). Yo solté todo sin respirar, atropelladamente, como si por decirlo más rápido el dolor se fuese antes. Me miró con esos ojos de. Bueno, con esos ojos que se suelen poner cuando tienes delante a alguien al borde del llanto. Estaba receptiva en ese momento, quiero decir, hubiese escuchado lo que fuese, o casi. Todo menos abrazos, de verdad, llevo mal lo de la invasión del espacio cuando lo único que quiero es estar conmigo misma. Abrió su boca, así, como quien tiene la certeza de tener entre sus palabras la vía de escape para salir del pozo, hoyo, o lo que sea que implique un agujero en la tierra del que no se puede salir ni saltando muy alto. Abrí los ojos, así, como se abren los ojos cuando eres pequeño y alguien te hace un truco de magia, o da la vida a un perro con un par de globos de colores y algún que otro giro de muñeca. Venga, dímelo, rápido. Dime lo que tengas que decir y pon solución a todo, porque la solución la tenéis los mayores, ¿verdad? Nosotros nos equivocamos y vosotros transformáis en aciertos los errores. O al menos nos enseñáis cómo hacerlo. Era así, ¿no? Joder, pero di algo.

-“La vida es esto, Ana: una puta mierda”


Gracias con mueca irónica, fácil de ver en mi cara. Qué bien lo de ser tan expresiva a veces, o qué mal, no sé. Pensé entonces que… En realidad no. No pensé una mierda porque no había nada que pensar: una puta mierda. No hay solución para una realidad tan sencilla de ver como esa: una puta mierda. Sí, de las que duran de media 87 años en España. 

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