Pocas veces algo te toca tanto como para llenarte
con un solo roce. Y no fue ni un roce, lo prometo. Fue algo así como la falta
de oxígeno. Y de equilibrio. Quizá ese roce fue lo que me hizo perder la cabeza
aquella noche. Eso y la cerveza que me tomaba cada vez que ella sonreía. Y me enamoré
de su sonrisa. Así que echa cuentas de cómo iba.
Lo único que me quedó claro de ese roce (o casi
roce), fue que su color favorito era el azul. Bueno, al menos ese era el color
de su ropa interior. Y no me malinterpretes, no lo sé por eso de los roces de los
que te he hablado antes, sino porque al bailar hacia un nosequé con la cadera
que incitaba a su vestido a volar de un lado a otro. A rozar con el aire. Y mis
ojos iban detrás, como un tic tac que solo paraba cuando el tocadiscos hacía
sonar otra canción. Y esa fue otra causa de perder la cabeza aquella noche, el
vaivén que hacían mis ojos entre roce y roce de un disco, al son de una canción
en inglés de la que no llegaba a entender más que el título. Y ni eso.
Luego nos pusimos melancólicos con Sabina de
fondo. Verde. Ahí supe que el verde era el color que más le gustaba. Yo le dije
que el blanco, por eso de que su vestido era de ese color. En realidad prefería
el lila de las flores que tenía estampadas sobre él. No se lo dije. Tenía miedo
de hacerlo y que pensase que había ido a parar frente al chico joven y borracho
del típico garito del centro de Madrid con gustos peculiares. Así de gilipollas
soy a veces. Luego me habló de ese tal Shakespeare y de suicidarse por amor.
Rozó el vaso con los dedos, haciendo círculos, apretó los labios y los abrió
después.
—Qué gilipollez es eso de la literatura a veces.
Suicidarse por amor. Yo solo me tiraría desde un edificio por tres razones.
Adrenalina, ganas de volar o sordera. Pero no intentes hablarme solo moviendo
los labios. Ya lo han hecho muchos por intentar
verme caer. —Dijo. Y guiñó un ojo después. Rozando
las pestañas.
(...)

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