martes, 29 de octubre de 2013

Frente al muro

La soledad es eso que queda al apagar las luces, bajar las persianas, correr las cortinas y ocultarse bajo el edredón. La soledad es la última galleta del paquete, el céntimo que sobra al comprar lo que sea de precio dos con noventa y nueve, la flor que El Principito escondía en una urna de cristal.

Soledad es vida insípida y sin color.

La soledad llega, tortura, se marcha, y vuelve más tarde para recordarte que sigue más viva de lo que quedaste tú después de su primera visita. A veces la obligas a existir, y le pides que se quede, porque te hace sentir acompañada a pesar de no ser más que siete letras ordenadas que crees sentir flotar en el aire.
Te dejas desnudar, entonces. Ella te viste con su piel y te hace pensar que eso que te aprieta fuerte el cuello es la compañía tratando de robarte el aire, haciendo malabares con tus desgracias.
Y no quieres asfixiarte. No aún.


Soledad es mirar tu reflejo y no reconocerte, contar los días hacia atrás, y no hacia adelante.

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