La soledad es
eso que queda al apagar las luces, bajar las persianas, correr las cortinas y
ocultarse bajo el edredón. La soledad es la última galleta del paquete, el
céntimo que sobra al comprar lo que sea de precio dos con noventa y nueve, la
flor que El Principito escondía en una urna de cristal.
Soledad es vida
insípida y sin color.
La soledad
llega, tortura, se marcha, y vuelve más tarde para recordarte que sigue más
viva de lo que quedaste tú después de su primera visita. A veces la obligas a
existir, y le pides que se quede, porque te hace sentir acompañada a pesar de
no ser más que siete letras ordenadas que crees sentir flotar en el aire.
Te dejas
desnudar, entonces. Ella te viste con su piel y te hace pensar que eso que te
aprieta fuerte el cuello es la compañía tratando de robarte el aire, haciendo
malabares con tus desgracias.
Y no quieres
asfixiarte. No aún.
Soledad es mirar
tu reflejo y no reconocerte, contar los días hacia atrás, y no hacia adelante.

Y mi madre, mi madre también es Soledad.
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