Cuando me di por perdida, di con ella. Lo pensaba, qué pérdida tan tonta
hubiese sido. La vida. Entonces vino y puso luz con toda esa avalancha
de nubes negras. Nunca había visto nubes que no fuesen blancas o grises.
Vino y se fue. Ya se había ido antes, en realidad. Murió sin saber que
existía. Ella no lo supo, yo tampoco. Pero ese día hacía frío y saltó a
mis manos. Bienvenida, ahora eres casa. Reflejo y cristal que no corta,
hiere pero no sangra. Cura, salvación, milagro, fue ella desde ese día.
Era capaz de destrozarte por dentro y empujarte hacia arriba en dos
frases y media. A veces en tres. Todas juntas fueron eso, conclusión
justa, clara, transparente y fácil de un sinsentido tan complicado como
eran esos hilos y cuerdas y sogas y vida sin vida. ¿Yo? Sea como sea,
estuvo, está y se queda más allá del punto y final con nombre
incorrecto.
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