Era un chulo y un rompe-corazones.
También un gilipollas, y otras veces un imbécil.
Nos podríamos haber enamorado si no hubiese sido porque el
único amor que sentía era por él mismo.
Él y su pelo.
Él y sus gafas de sol.
Él y su chupa de cuero.
Digamos que la diferencia entre mis ‘te quiero’ y los suyos
es que los míos acompañaban sonrisas y los suyos venían después de un polvo. Yo
iba poco a poco, él siempre con prisas.
Yo y mis ramos de rosas.
Yo y mis altas expectativas.
Yo y mis ganas de perdernos.
Para él todo era poca cosa, y cómo no entenderle. Quién
valora lo que tiene o lo que pierde, si en su mano baila todo aquello que
quiere. Si alguien lo hace, él no lo era, eso seguro. Conocí mi bipolaridad y
mis siete personalidades en ese tiempo. Todo por ser ese algo que considerase
imprescindible.
Primer fallo.
Mentira. En realidad el primer error fue pensar que de verdad le
conocía.
Aprenderme de memoria sus muecas y manías no sirvió de
mucho. También conocía sus puntos débiles, si es que de verdad tenía de eso.
Sus gustos, pasiones. Cómo le gustaba el roce de sus dedos contra su vieja
guitarra, la sonrisa que venía después de echar el humo de la primera calada.
Su forma de andar, cómo si el mundo estuviese para él.
No leí entre líneas.
Resultó que bajaba la luna a cualquiera que le guiñaba un
ojo y de piernas se abría.
Y a pesar de todo a veces incluso le echo de menos. No sé si
sentirme idiota, tenerme lástima o afirmar que de lecciones no aprendo.
Los que
de verdad nos conocen
juran que separarme de su vida fue la mejor elección
(suya, claro, no mía)
Debe de ser que me perdí capítulos, me falta la parte en la
que su olor me empieza a dar asco.
De momento, lo único que me causa es
nostalgia.
-abh
No hay comentarios:
Publicar un comentario