jueves, 27 de septiembre de 2012

Era un chulo y un rompe-corazones.
También un gilipollas, y otras veces un imbécil.

Nos podríamos haber enamorado si no hubiese sido porque el único amor que sentía era por él mismo.
Él y su pelo.
Él y sus gafas de sol.
Él y su chupa de cuero.  
Digamos que la diferencia entre mis ‘te quiero’ y los suyos es que los míos acompañaban sonrisas y los suyos venían después de un polvo. Yo iba poco a poco, él siempre con prisas.
Yo y mis ramos de rosas.
Yo y mis altas expectativas.
Yo y mis ganas de perdernos.
Para él todo era poca cosa, y cómo no entenderle. Quién valora lo que tiene o lo que pierde, si en su mano baila todo aquello que quiere. Si alguien lo hace, él no lo era, eso seguro. Conocí mi bipolaridad y mis siete personalidades en ese tiempo. Todo por ser ese algo que considerase imprescindible.
Primer fallo.
Mentira. En realidad el primer error fue pensar que de verdad le conocía.

Aprenderme de memoria sus muecas y manías no sirvió de mucho. También conocía sus puntos débiles, si es que de verdad tenía de eso. Sus gustos, pasiones. Cómo le gustaba el roce de sus dedos contra su vieja guitarra, la sonrisa que venía después de echar el humo de la primera calada. Su forma de andar, cómo si el mundo estuviese para él.
No leí entre líneas.
Resultó que bajaba la luna a cualquiera que le guiñaba un ojo y de piernas se abría.

Y a pesar de todo a veces incluso le echo de menos. No sé si sentirme idiota, tenerme lástima o afirmar que de lecciones no aprendo. 
Los que de verdad nos conocen 
juran que separarme de su vida fue la mejor elección
(suya, claro, no mía)

Debe de ser que me perdí capítulos, me falta la parte en la que su olor me empieza a dar asco. 
De momento, lo único que me causa es nostalgia.
 -abh

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