sábado, 8 de junio de 2013

Utopía


Hoy hemos vuelto a ocupar la calle
                           a pisar el asfalto
                           a reclamar libertad
y lo hemos hecho
con la misma fuerza
que hacen nuestras cuerdas vocales
al reclamar un rescate
al pedir auxilio
al suplicar ayuda.

Hoy hemos vuelto a pintar la sangre y el oro
con el más puro violeta
y así llenar el aire, contaminado de mentiras,
con el suspiro de esperanza
y el aliento reivindicativo
que hace ondear la primavera
y la mece en nuestro quejido.

Hoy hemos vuelto a dar brillo a la capital
al son de tambores,
de sueños escritos en cartones,
de complicidad que subsiste en el iris
de una marea verde, que 
                                     se une
                                     se teje 
                                     se sujeta
                                         con lazos hechos de manos, 
                                         que unen tres generaciones
                                         cimentadas, siglo tras siglo
                                         con cimientos de 
                                         igualdad. 

Hoy he vuelto a creer al perderme en la pupila de unos ojos.
Ojos de medialuna, de cielo, de miel.
Ojos más negros
que el café tostado 
de una piel que cruzó mares 
buscando oportunidades,
de unas manos tristes
que encontraron fracasos,
de unos brazos cansados, 
que son los mismos que se abrieron
cuando el espíritu egoista, que corrompe y condena España
viajó a la humildad de países sin murallas
buscando un hogar, 
buscando vivir.

Explícame
por qué si el aleteo de una mariposa 
es capaz de crear tornados, 
aun seguimos sin creernos
que el zumbido que hacen unas manos al gritar,
rugido prudente, y rotundo a su vez, 
es capaz de hacer vibrar y hacer caer
hasta al último peldaño de una jerarquía
tejida de injusticias y promesas por cumplir. 

Explícame
por qué si este proyecto de humanidad
es capaz de pensar y actuar,
aún seguimos creyendonos
que las jaulas y alas pertenecen al mismo lugar,
e ignoramos los gritos que se escapan 
entre barrotes que contruyen y destruyen
la antítesis del supuesto estado de bienestar 
en el que sobrevivimos, y dejamos de vivir.

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