miércoles, 29 de abril de 2015

Pasos de astronauta, alma de equilibrista.


Tengo un vacío existencial y una teoría que nada tiene que ver con ello. Existe un puente colgante entre la idea de permanecer, sin añadidos, y lo que hay al otro lado aún no lo diviso. Estoy en medio, colgada con el cuerpo hacia abajo mientras mi vida se balancea, esperando. Dentro del riesgo extremo existente en la idea de depender de una articulación y dos tablas de madera está la tranquilidad que me otorga el hecho de haber encontrado mi punto de apoyo. Soporto ráfagas de viento helado, las hojas de los árboles me hacen cosquillas en la nariz cuando caen, tengo una flor enganchada en el dedo meñique del pie izquierdo y la nuca quemada por el sol del mediodía. 

He desplazado la rabia. Un día me desperté con un golpe y ahí estaba, cayendo al vacío poco a poco, chocando con pájaros cuya única razón para seguir volando era la inercia. Saboreaba el desplome de todo sentimiento, como un inspector de hacienda se relame tras la caída de la última moneda que atesora una familia. Me sentía liviana, desprovista de armazones. Barajaba la posibilidad de dejarme caer, sin maldad, sin cruzar los dedos, sin arrepentirme después. No buscaba un final, jamás busqué un final. Quería saltar porque sabía que planearía. Estaba tan llena de aire, que podía dejarme caer como una pluma mientras el viento me mecía hacia el siguiente escenario. 

Sigo colgada de un puente colgante, a años luz de una vida humana. Solo oigo el eco de gaviotas que no existen. Huelo a agua salada estando en la montaña. 
Un día extendí los brazos y aguien se colgó de ellos. 
10/10/2014


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