Tengo un vacío existencial y una teoría que nada tiene que ver con ello. Existe un puente colgante entre la idea de permanecer, sin añadidos, y lo que hay al otro lado aún no lo diviso. Estoy en medio, colgada con el cuerpo hacia abajo mientras mi vida se balancea, esperando. Dentro del riesgo extremo existente en la idea de depender de una articulación y dos tablas de madera está la tranquilidad que me otorga el hecho de haber encontrado mi punto de apoyo. Soporto ráfagas de viento helado, las hojas de los árboles me hacen cosquillas en la nariz cuando caen, tengo una flor enganchada en el dedo meñique del pie izquierdo y la nuca quemada por el sol del mediodía.
He
desplazado la rabia. Un día me desperté con un golpe y ahí estaba,
cayendo al vacío poco a poco, chocando con pájaros cuya única razón para
seguir volando era la inercia. Saboreaba
el desplome de todo sentimiento, como un inspector de hacienda se
relame tras la caída de la última moneda que atesora una familia. Me
sentía liviana, desprovista de armazones. Barajaba la posibilidad de
dejarme caer, sin maldad, sin cruzar los dedos, sin arrepentirme
después. No buscaba un final, jamás busqué un final. Quería saltar
porque sabía que planearía. Estaba tan llena de aire, que podía dejarme
caer como una pluma mientras el viento me mecía hacia el siguiente
escenario.
Sigo
colgada de un puente colgante, a años luz de una vida humana. Solo oigo
el eco de gaviotas que no existen. Huelo a agua salada estando en la
montaña.
Un día extendí los brazos y aguien se colgó de ellos.
10/10/2014
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